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✍️ Historia anónima

Dra de piel a piel

8 de octubre de 2026

Desde aquella vez que me presenté a la consulta con ese vestido tan ajustado y escotado, no había vuelto a tentar la suerte. La directora del hospital me había llamado la atención de manera bastante severa — resulta que varios pacientes y hasta algún residente habían hecho comentarios "inapropiados" sobre mi forma de vestir, y me advirtieron que mantuviera un perfil más profesional si no quería problemas.

Pero hoy era diferente. Solo tenía turno de tarde, de 2 a 8, y solo cubría la consulta externa de dermatología y una revisión rápida en planta. Me atreví a ponerme unas mallas de compresión negras que se me ajustaban demasiado bien, una blusa blanca que se transparentaba apenas lo necesario, y debajo... nada. Ni siquiera ropa interior. Me sentí audaz, peligrosa.

Mi plan era simple: si algo iba a pasar, prefería que fuera durante la consulta de tarde, cuando la directora ya se había ido a su casa y los pasillos quedaban más vacíos. Durante las primeras horas, nada. Solo miradas de algún paciente o el recepcionista, pero todo dentro de lo "normal".

Todo cambió cuando entró él a la última consulta. Era un residente de tercer año que estaba rotando por dermatología esa semana — alto, de complexión robusta, con esos hombros que delataban que antes levantaba pesas y ahora apenas mantenía la rutina. Lo había notado la semana pasada cuando me "ayudó" a alcanzar unos expedientes en el archivo y se quedó muy cerca de mí, demasiado cerca.

Al finalizar la consulta, cuando estaba guardando los instrumentos y apagando el equipo, escuché que cerraba la puerta. Dijo que tenía dudas sobre un caso de psoriasis que habíamos visto esa mañana. Yo sabía perfectamente que no era cierto — había visto su expediente, era brillante, no necesitaba mi ayuda con algo tan básico — pero igual lo invité a acercarse al escritorio para "explicarle".

Estaba de pie a mi lado, inclinándose sobre los papeles, cuando sentí que su cuerpo se iba acercando. Primero su brazo rozaba el mío "accidentalmente", luego su cadera contra mi cadera mientras señalaba algo en el archivo. Su mano se posó en mi hombro con el pretexto de mantener el equilibrio, pero luego empezó a bajar. Primero la espalda, luego la cintura.

Yo seguía hablando de tratamientos tópicos, fingiendo que no notaba cómo su muñeca se apoyaba en mi cadera y sus dedos empezaban a explorar más abajo, acariciando la curva de mi glúteo a través de la tela ajustada de mis mallas.

Me separé bruscamente cuando intentó apretar con más firmeza, girándome para mirarlo directamente.

— Oye, no te pases de listo — le dije con voz severa, aunque mi corazón latía con fuerza —. No estoy aquí para tus jueguitos de interno aburrido.

Se disculpó inmediatamente, con esa sonrisa que mezclaba vergüenza y picardía. Dijo que solo quería hablar, que si podíamos tomar un café, que tenía su coche afuera y podía llevarme a mi departamento si quería.

Por un segundo — solo un segundo — consideré aceptar. Ver qué pasaba. Pero luego recordé las cámaras de seguridad, los compañeros que aún estaban en el hospital, la reputación que me costaba tanto construir.

— No, gracias — dije, recogiendo mi bolsa y mi chaqueta —. Tengo que revisar unos casos en casa.

Salí del consultorio sin mirar atrás, aunque sentía su mirada clavada en mi espalda mientras caminaba por el pasillo iluminado por las luces fluorescentes del hospital.

El resto de la semana fue pura rutina: historiales, diagnósticos, recetas interminables. Pero cada vez que lo veía pasar por los pasillos, con su bata blanca y su porte seguro, sentía esa electricidad que me recordaba lo cerca que estuve de cruzar una línea peligrosa.

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